Teniendo en cuenta la cercanía a la Catedral, no pasa mucha gente por Praza da Universidade. Casi todas las mesas están ocupadas en la terraza, pero el volumen gallego de las conversaciones de bar hace que te sientas en una isla desierta si cierras los ojos. Sólo me llega el aroma a café con leche, un vientecillo suave y el brillo del sol que sube y baja, iluminando a ratos la página de mi libro, cosas del cielo cambiante de Santiago.
Suena el móvil.
-¿Me querés decir qué hacés allá?
Ni ha saludado. En el tiempo que tardo en contestar escucho un repiqueteo suave y rítmico. La montblanc contra el escritorio, imagino.
-Roberto, estoy de vacaciones.
-No sabía que querías hacer el camino, me pudiste avisar – en el tono hay algo entre la envidia y el enfurruñamiento.
-No he hecho el camino, vine en avión, -sigo con la mirada a dos peregrinos de paso lento y tobillos vendados que arrastran los pies sobre las losas de granito. Creo que no he pecado tanto para esa penitencia.
-Bien… ¿entonces qué hacés?
-Estoy de vacaciones, ya te lo he dicho.
-Pero, y la terapia… Soy yo quien dice cuándo hay vacaciones ¿no te parece?
-Ya retomaremos las sesiones. Necesito descansar, de ti también.
-De mí…- suspira- sos…
-Es broma. Escucha, que te leo: “Se trata de alguien que abarca su vida como un espacio en el que se puede trazar un mapa, y es alguien que (…) se considera un melancólico al que la soledad le parece el único estado humano apropiado: la soledad de la gran metrópoli o la ocupación del paseador ocioso, libre para soñar despierto.” *
-¿Y? ¿qué querés decir con eso?
-Nada, es lo que estaba leyendo, para que te hagas una idea.
-¿De qué me tengo que hacer una idea?
-Ay, de nada. Eso, necesito hacerme mapas, pasear ociosa y estar melancólica, este es un buen sitio para estar melancólica. Me han dicho que la morriña tiene base química, por los componentes de la piedra de aquí, están todos drogados.
Le escucho resoplar, me hace gracia, está deseando soltarme un discurso. En cambio guarda silencio un rato. Me lo imagino tumbado en el chester, con su fred perry blanco inmaculado, sin una arruga.
-Bueno… pasala bien… Estuve en las rebajas, me compré un sobretodo de entretiempo.
-¿Sí?¿De qué color?
-Camel.
-Te sienta bien el camel.
-Sí, está bueno. Volvé pronto, lo tenés que ver.
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*Historia abreviada de la literatura portátil, Enrique Vila-Matas
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